Zorrotz

Pederastia, un viaje a la impunidad y a la vergüenza

Los diputados de EH Bildu, ERC y Unidas Podemos presentaron los últimos días de enero una propuesta para crear en el Congreso una comisión de investigación sobre los abusos a menores cometidos por miembros de la Iglesia Católica. El 2 de febrero la proposición fue admitida a trámite con los votos a favor del PSOE y de otros grupos que forman parte del órgano de Gobierno. Es probable que, hasta finales de febrero, no se pueda debatir en el pleno de la Cámara, pero, de momento, la Fiscalía del Estado ya ha dado los pasos necesarios para investigar los casos de pederastia, ocurridos en centros y colegios de la Iglesia. Suceda lo que suceda en el debate parlamentario, los testimonios y denuncias de algunas víctimas ya están en la opinión pública y la Iglesia difícilmente podrá soslayar sus responsabilidades, a pesar de que la Conferencia Episcopal se empeñe en negar los hechos u obstaculizar cualquier investigación penal. 

Los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, religiosos o seglares que trabajaban en instituciones católicas   siempre han sido, en Euskal Herria, en el resto del Estado y en la mayoría de países del mundo, un pozo hondo y oscuro donde se han matado, sin remordimiento alguno y con toda impunidad, miles de infancias. Además, los escándalos de pederastia que se han conocido en los últimos años y que sucedieron en los años 40 y 50, en orfanatos de Canadá o Irlanda y también en los llamados hospicios del franquismo, resultan especialmente crueles, porque se cometieron contra niños y niñas bajo la tutela de la Iglesia; menores vulnerables, desprotegidos, excluidos del sistema y de la infancia, que como decía el poeta checo R.M. Rilke, es la única patria a la que todas añoramos volver.   

Las investigaciones periodísticas estiman que, en el Estado español, desde la década de los 30, al menos 1.237 menores sufrieron abusos. Sin embargo, se puede afirmar que el número de casos en la Iglesia fueron y han sido muchísimos más. Según la investigación del diario EL País, solo en 2021, las llamadas a su redacción denunciando abusos del clero católico se han multiplicado por diez.

 Pertenezco a una generación que vivió su infancia y adolescencia en la década de los 60, en plena dictadura franquista, con la iglesia imponiendo la moral cristiana y controlando la educación con mano férrea en la oscuridad de unas aulas observadas siempre por un crucifijo sangrante.  Aunque entonces no tenían nombre ni se les ponía palabras para narrarlos, los abusos sexuales estuvieron presentes a pesar de “no existir”. Eran como una sombra de miedo y silencio que recorría los cines del colegio los domingos por la tarde, las llamadas al despacho de algún hermano en horas extrañas, los pasillos oscuros antes de subir al dormitorio, o las pláticas con aquellos “directores espirituales” que en el colegio o en la parroquia, se empeñaban en mostrarnos el “camino pleno de Dios.     

 Esta semana escuché al escritor J.J. Millas unir los abusos a las mismas estructuras de la Iglesia. Su opinión me recordó una película, Spotlight, ganadora del Oscar en 2015, dirigida por Thomas McCarthy. El film narra la investigación que llevó a cabo, en el 2003, el diario The Boston Globe sobre los abusos sexuales cometidos por casi 100 sacerdotes católicos, pertenecientes a la iglesia de Massachusetts. En el film, hay una escena en que el director de la investigación (Michael Keaton) discutiendo el enfoque del reportaje le dice a uno de sus redactores (Mark Ruffalo) “no me interesa la denuncia de un caso, quiero ir a por la estructura”.  Desde entonces he creído que ésa es la clave. La pederastia en la Iglesia no responde a casos privados y mucho menos aislados, forma parte de la misma estructura eclesiástica, gracias a su carácter corrupto, al consentimiento implícito de todos sus miembros y a la cultura de impunidad que ha regido siempre sus acciones terrenales. 

En marzo de 2019, el escritor y periodista francés, Frédéric Martel publicó un libro titulado, Sodoma, poder y escándalo en el Vaticano. La obra recopila el trabajo de cuatro años de investigación. En ese tiempo, un equipo de 80 personas se dedicó a reunir documentación y realizar entrevistas a sacerdotes y altos cargos de Iglesia en treinta países. El resultado muestra la ambición política y el ansia de poder, las luchas internas, la codicia y el lujo, la misoginia, la deshonestidad, la hipocresía, la doble moral y la impunidad con que el Vaticano ha protegido a los pederastas, sobre todo durante papado de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Un entramado decadente en el que se han asentado durante siglos y décadas las estructuras de la actual Iglesia católica en todo el mundo. La “vergüenza”, el “dolor” y la petición de “perdón” del Cardenal Ratzinger (Benedicto XVI) y todas las que puedan aparecer durante la investigación llegan demasiado tarde para ser creíbles y verdaderas.

Amparo Lasheras (periodista)

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