Opinión

Aire, sol, flores

AIRE, SOL, FLORES es un relato corto sobre la pandemia y el drama vivido por muchas familias en residencias de mayores:

AIRE, SOL, FLORES

Me miras sin reconocerme, balbuceas palabras, tu cabeza bulle y no sabes qué pasa ni donde estas.

Te veo pálida, guapa, triste. Es increíble como resistes a la edad, al aislamiento, a la demencia, en esa residencia, en esta epidemia, en el abandono y la inmovilidad impuesta.

Siempre has sido una mujer interesante, con ese parecido innegable con Ava Gardner, elegante y dispuesta a disfrutar de la vida. Mi madre siempre me decía “a mi hermana le gusta mucho la jarana, has salido a ella” con un tono de reproche y envidia.

En la última imagen tuya que le enseñé, en Facebook, a punto de hacerse viral, estas bailando, en la medida de tus posibilidades, un rock and roll, en la residencia, en carnavales, el ritmo en la sangre y en los genes, mi madre me miró y me dijo “es como tú”, con un gesto amargo.

Mi madre siempre fue alegre, pero la vida le impidió disfrutar, viajar y al final, su salud la dejó definitivamente postrada, pero sin perder su fuerza y ganas de luchar, te envidió hasta que comenzaste a “perder la cabeza”.

Estás débil, con un perrito de peluche en tus brazos. La ultima vez que te vi, hace meses, lo desechaste diciendo” me van a tomar por tonta con este peluche”, ahora es tu apoyo vital.

Has estado meses sin salir de ese cuarto, atada a la silla de ruedas o a la cama, sin ver a tu hijo, sin salir a la calle. Me cuenta mi primo, que el primer día que te llevó al parque le dijiste” llevo años sin sentir el aire”.

Tu primer paseo ha sido venir en ambulancia a este hospital, ayer estabas incluso alegre, una excursión, pero hoy ya empiezas a perderte más todavía. Soy tu sobrina, la que te meaba de pequeña en la cama, la que se ponía tus zapatos de tacón y se miraba coqueta en el espejo.

Reconoces mis ojos azules, pero no sabes quién soy, me dices “voy al monte, cojo margaritas patatatata ratata…” y terminas corriendo la frase.

Ahora puede tu hijo acompañarte todo el día, en la residencia solo una hora a la semana, algo has ganado con el ingreso.

Cada día que pasa te veo más dormida, más desorientada. Le digo a mi primo que es normal a esta edad, con los ingresos hospitalarios, que mejorará cuando llegue a casa y me aprieto los labios, casa, su casa es la residencia, es el nuevo encierro, es la visita semanal de tu hijo y las llamadas de teléfono que casi no llegas a entender.

En el hospital 24 horas con mascarilla, te la quitas y la miras sin llegar a comprender qué es, todos vamos tapados, nos ves como extraterrestres, no te sorprendes, solo sientes como tu cerebro se pierde y se apaga.

En las visitas de tu hijo en la residencia, con mascarilla, bata verde, guantes y pantalla, ¿dónde queda la sonrisa?, la necesitas como el comer, como dice el poema de Miguel Hernández, “tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca” y ¿el abrazo?,¿las caricias?…

Pretendemos protegerlos del COVID, de esas muertes que han desatado titulares de prensa, críticas y han engrosado la triste lista de fallecidos en este país, pero en realidad les tratamos como apestados, como culpables y los escondemos y maltratamos hasta morir de pena.

La pandemia va a continuar, tiempo, mucho, más que la esperanza de vida de mi tía y vamos a seguir sometiéndola a esta tortura hasta el final de sus días o ¿hasta el apagón definitivo de su cerebro?

Entro en la habitación del hospital, va a ser mi última visita, no podré verla más en la residencia.

Duerme, despierta cuando le cojo la mano, me mira, sus ojos llorosos, su voz entrecortada comienza a brotar de la mascarilla, “aire, sol, flores” y repite “aire, sol, flores”, repite sin parar, mueve todo su cuerpo, sus uñas se clavan en mis manos, se incorpora y grita

¡socorro! … ¡socorro!

Sara Ibañez

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